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martes, 10 de julio de 2012

¡Maldito sea mi régimen!


Vivo desde hace años bajo una pesada losa. Podría especificar su peso exacto que traducido a mis vanos intentos de adelgazar se convierte en los kilogramos que debería perder. Sin embargo, habito en un mundo traicionero que nos tienta con sus placeres mundanos y nos aleja del camino de la medida estilizada. El trauma se agudiza en los veranos mediterráneos donde es difícil conciliar las terrazas veraniegas, con sus bravas y sus calamares a la romana, sus chivitos y brascadas, con la obligada asistencia a la jornada playera que incluye un vuelta y vuelta haciendo gala de las horrendas carnes que lustran mi antaño majestuosa figura. Si a una dieta rigurosa en exceso, de fruta y yogur nocturno, le oponemos una comida opípara a base de un interminable bufé alentado por el jolgorio del festivo viernes como inicio de un largo fin de semana, el resultado es desastroso: una larga y dolorida siesta con la esperanza de lograr calmar la llenazón tan propia de los asaltos despiadados y sin prisioneros que suelen caracterizar a los bufés libres. Como si nunca hubiésemos comido y mañana fuese el fin de los platos precocinados y las largas vitrinas repletas de manjares a cada cual más grasiento. En definitiva, un tremendo malestar físico pero, sobre todo, moral por el horrible pecado cometido.