Vivo desde hace años bajo una pesada losa.
Podría especificar su peso exacto que traducido a mis vanos intentos de
adelgazar se convierte en los kilogramos que debería perder. Sin embargo, habito en un mundo traicionero que nos tienta con sus placeres mundanos y nos aleja
del camino de la medida estilizada. El trauma se agudiza en los veranos
mediterráneos donde es difícil conciliar las terrazas veraniegas, con sus
bravas y sus calamares a la romana, sus chivitos y brascadas, con la obligada
asistencia a la jornada playera que incluye un vuelta y vuelta haciendo gala de
las horrendas carnes que lustran mi antaño majestuosa figura. Si a una dieta
rigurosa en exceso, de fruta y yogur nocturno, le oponemos una comida opípara a base de un interminable bufé alentado por el jolgorio del festivo viernes como inicio de un largo fin de semana, el
resultado es desastroso: una larga y dolorida siesta con la esperanza de lograr
calmar la llenazón tan propia de los asaltos despiadados y sin prisioneros que suelen caracterizar a los bufés libres.
Como si nunca hubiésemos comido y mañana fuese el fin de los platos
precocinados y las largas vitrinas repletas de manjares a cada cual más
grasiento. En definitiva, un tremendo malestar físico pero, sobre todo, moral
por el horrible pecado cometido.
